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Ayer caminé por algunas comunidades del corredor seco de Honduras y escuché lo que ya sabíamos en cifras, pero que golpea distinto cuando tiene nombre y rostro. Hablé con mujeres, con padres de familia, con niños. Todos contaban la misma historia con distintas palabras: se perdió la cosecha, el ganado ya no tiene qué comer, y ahora toca esperar que alguien traiga algo de comida.
Algunas personas caminaron más de tres horas para llegar al punto de entrega. Gracias a la cooperación internacional y a un esfuerzo del gobierno central, recibieron una ración generosa: más de 150 libras de alimento por familia. Vale reconocerlo: el equipo que coordinó esa jornada trabajó con profesionalismo y compromiso genuino. Pero ni el mejor operativo resuelve la siguiente pregunta: ¿cómo se llevan 150 libras a una comunidad que no tiene vías de acceso? Vi a personas calculando, literalmente, cuántos viajes a pie les tomaría trasladar lo que el Estado les acababa de entregar.
Esa escena —la ayuda que llega pero no puede caminar el último tramo— es, para mí, la imagen más honesta de lo que le pasa a esta región del país.
Lo que está pasando no es solo el clima
Este año el fenómeno de El Niño ha golpeado con fuerza particular. COPECO mantiene alerta amarilla indefinida en los 75 municipios que componen el corredor seco, y el Observatorio de Seguridad Alimentaria y Nutricional de la UNAH proyecta que hasta 2.2 millones de personas podrían enfrentar inseguridad alimentaria grave para finales de 2026. El propio ministro de la SAG, Moisés Molina, reconoció que el 100% de la cosecha de subsistencia —la que las familias siembran para comer, no para vender— se perdió en el corredor seco. Y sin embargo, declaró a El Heraldo el 13 de agosto que “el problema está resuelto”. Quien camine, como yo lo hice ayer, por estas comunidades, sabe que esa frase no resiste el contacto con la realidad.

Tampoco se salvó el ganado. En Choluteca, autoridades municipales han reportado la muerte de más de cien cabezas desde febrero, y productores que venden sus reses porque ya no hay pasto que darles de comer. Familias que vivían de la agricultura y la ganadería se están quedando sin las dos fuentes de ingreso al mismo tiempo.
Y detrás de los sacos de maíz y frijol hay una generación entera en riesgo: en el corredor seco, Honduras registra cifras de desnutrición crónica infantil que superan el 35-40% en departamentos como Intibucá, La Paz o Lempira, muy por encima del promedio nacional. Trescientos cincuenta mil niños de esta zona asisten a la escuela en condiciones precarias. Y cabe preguntarse: ¿cómo sostiene su concentración en el aula un niño que no ha comido bien? ¿Cómo llega regularmente a clases una familia que hoy tiene que decidir entre ir a buscar agua, cuidar el poco ganado que le queda, o caminar tres horas para recoger una ración de comida?
El verdadero problema es de gobernanza
El Niño es un fenómeno climático. Pero que comunidades enteras dependan, año tras año, de que llegue una brigada de ayuda humanitaria porque no existe ni un sistema de riego, ni vías de acceso, ni una política de desarrollo rural sostenida en el tiempo, eso no es clima: es la consecuencia directa de décadas de políticos incapaces —o poco dispuestos— a estructurar un proyecto de desarrollo real para estas zonas históricamente olvidadas.
Ya en 2016, UNICEF documentó el impacto de la sequía en la niñez del corredor seco. Han pasado diez años. Los diagnósticos existen, los mapas de vulnerabilidad existen, los 75 municipios en riesgo están perfectamente identificados por COPECO. Lo que no existe es la decisión política de invertir de forma sostenida —no reactiva, no estacional, no electoral— en lo que estas comunidades necesitan: caminos, agua, sistemas productivos resilientes a la sequía. En cambio, cada año repetimos el mismo ciclo: la crisis se vuelve noticia, llega la ayuda de emergencia, y cuando pasa la temporada, la atención del Estado también se va, hasta el próximo Niño.
La imagen de esas familias calculando cuántos viajes a pie necesitan para trasladar su propia ración de comida debería avergonzarnos como país. No porque falte solidaridad ni esfuerzo humano: ayer la vi, y fue genuina, tanto en los cooperantes internacionales como en los funcionarios que coordinaron la entrega con seriedad y compromiso, muchos de ellos bajo el mismo sol y el mismo cansancio que las familias a las que atendían. La responsabilidad no es de quienes hoy reparten los sacos de alimento en el terreno. Es de un diseño de política pública que, año tras año, nos obliga a depender de su esfuerzo puntual en lugar de resolver el problema de fondo.
Lo que debería seguir
La entrega de alimentos salva vidas hoy, y es necesaria. Pero no puede ser la única respuesta de un Estado a una crisis que se repite, casi de forma idéntica, cada vez que llega un fenómeno climático. El corredor seco necesita inversión en infraestructura vial rural, sistemas de riego y almacenamiento de agua, y programas productivos diseñados para la sequía —no solo para la temporada de lluvias que cada vez es más corta e impredecible—. Y necesita, sobre todo, que esa inversión se planifique y se fiscalice con transparencia, para que no termine, como tantas veces en Honduras, diluida entre intermediarios y sin llegar a quien camina tres horas para recibir un saco de comida.

Pero nada de esto es posible si seguimos pensando en periodos de cuatro años. Un sistema de riego, una red de caminos rurales, una estrategia de resiliencia climática para 75 municipios no se construyen —ni se sostienen— en un solo gobierno. Y ahí está, quizás, el desafío más incómodo para nuestra clase política: dejar de administrar la pobreza del corredor seco como una oportunidad electoral y empezar a tratarla como una deuda de Estado.
Es más fácil, y más rentable en votos, aparecer entregando un saco de alimento con la cámara lista, que invertir en una obra de riego que tardará años en verse y cuyos resultados probablemente los capitalizará otro gobierno. Ese cálculo —el rédito inmediato sobre la transformación de fondo— es exactamente la lógica que ha mantenido a estas comunidades atrapadas en el mismo ciclo por décadas. Superarlo exige que los partidos, más allá de sus diferencias, se pongan de acuerdo en algo que hoy suena casi ingenuo: una política de Estado para el corredor seco que sobreviva a cada cambio de gobierno, con metas, financiamiento y fiscalización que no dependan de quién gobierne, sino de un compromiso país.
El populismo alimenta el ciclo de la emergencia porque necesita la emergencia para mostrarse útil. El desarrollo, en cambio, no da fotos inmediatas: da caminos, agua y niños que llegan a la escuela alimentados. Nuestros políticos tienen que decidir a cuál de las dos lógicas le apuestan. Mientras no lo hagan, seguiremos viendo la misma escena cada año: la ayuda llega, pero no puede caminar el último tramo.


