Por: Mario Romero

El desafío forestal de Honduras: aprovechar, conservar y demostrar la legalidad de la madera

Por: Mario Romero

Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo.

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Hablar de los bosques en Honduras suele llevarnos inmediatamente a imágenes conocidas como incendios, montañas deforestadas, plagas, expansión de la ganadería o comunidades luchando por proteger sus territorios. Pero detrás de esas imágenes existe una pregunta que deberíamos hacernos como país. ¿cómo protegemos nuestros bosques sin renunciar a aprovechar de manera responsable un recurso que también puede generar empleo, ingresos y desarrollo?

La pregunta importa porque Honduras sigue siendo un país profundamente forestal, pero sus bosques se están reduciendo a un ritmo preocupante. En apenas once años, el área boscosa del país pasó de 6.6 millones de hectáreas en 2013 a 5.7 millones en 2024, lo que representa una pérdida neta cercana a las 900,000 hectáreas, una superficie comparable a la extensión territorial del departamento de Colón, según datos de Estado de País – Cambio Climático 2026.

La pérdida del bosque tiene múltiples causas que no deberían confundirse. Los incendios forestales, las plagas, la expansión de la frontera agrícola y ganadera, los cambios de uso del suelo, la ocupación de tierras y la tala ilegal forman parte de una crisis mucho más compleja. Según datos de investigaciones del Instituto de la Justicia de la Asociación para una Sociedad más Justa (ASJ), el 77 % de los incendios forestales registrados entre 2013 y 2024 fueron provocados intencionalmente por mano criminal, un dato que obliga a mirar el problema más allá de sus causas naturales y preguntarnos también por la capacidad del Estado para prevenir, controlar y sancionar las acciones que destruyen nuestros bosques.

Pero frente a esta realidad, la respuesta tampoco puede reducirse a pensar que proteger el bosque significa impedir cualquier forma de aprovechamiento. Los bosques también pueden generar oportunidades económicas y sociales para las comunidades y para el país, siempre que su uso se realice de manera sostenible, responsable y dentro de la legalidad. El problema no es simplemente que se aproveche la madera; el problema aparece cuando su extracción ocurre al margen de las reglas, sin controles efectivos o sin la posibilidad de demostrar de dónde proviene realmente el recurso.

Por eso, el verdadero desafío de Honduras no es escoger entre conservar sus bosques o aprovecharlos. Es demostrar que podemos aprovecharlos sin destruirlos y que la madera que llega al mercado proviene de un aprovechamiento legal, trazable y responsable.

Esto obliga a mirar la crisis forestal desde una perspectiva más amplia. No basta con medir cuántas hectáreas de bosque desaparecen; también necesitamos preguntarnos cómo estamos administrando y controlando los recursos forestales, si los mecanismos establecidos para garantizar su legalidad funcionan y si somos capaces de seguir la ruta de la madera desde su lugar de origen hasta su transformación y comercialización.

La tecnología ofrece hoy herramientas que hace veinte años habría sido difícil imaginar. Mapas de cobertura forestal, sistemas de información geográfica y plataformas satelitales permiten detectar cambios en el bosque en períodos cada vez más cortos. Sin embargo, saber dónde se está perdiendo bosque es apenas una parte de la historia. El siguiente desafío consiste en determinar qué ocurre con la madera una vez que un árbol es aprovechado y entra, o debería entrar, en la cadena legal.

La ilegalidad no comienza ni termina con una motosierra

Cuando pensamos en tala ilegal, probablemente imaginamos a alguien cortando árboles clandestinamente en medio del bosque. Esa es una expresión del problema, pero no la única.

La legalidad de la madera involucra una cadena mucho más extensa como la autorización, el aprovechamiento, transporte, transformación y comercialización. En cada uno de esos puntos deberían existir documentos, controles y responsabilidades que permitan responder preguntas básicas. ¿Dónde se cortó el árbol?, ¿existía autorización?, ¿qué volumen podía aprovecharse?, ¿qué cantidad fue transportada?, ¿a qué industria llegó?, ¿coincide la madera que ingresó con la que posteriormente fue procesada y comercializada? El problema aparece cuando la realidad y los documentos dejan de coincidir.

Una madera puede circular acompañada de papeles y aun así existir irregularidades respecto de su origen, volumen, permisos o movilización. Por eso combatir la ilegalidad forestal no consiste solamente en encontrar camiones transportando madera sin documentación. También exige verificar que aquello que dicen los documentos pueda comprobarse en el territorio.

Las cifras muestran que el riesgo no es hipotético. En agosto de 2024, el Instituto de Conservación Forestal (ICF) informó que distintos operativos habían permitido decomisar más de 265 mil pies tablares de madera extraída ilegalmente, una cantidad equivalente, según la institución, a la capacidad de transporte de 106 camiones de madera en rollo.

Detrás de esas cifras existe también un problema de gobernanza. Cuando los controles son débiles, la información está fragmentada o las instituciones tienen dificultades para verificar el origen de los productos forestales, aumentan los riesgos de que madera de procedencia irregular termine mezclándose con cadenas aparentemente legales.

Y ahí es donde la trazabilidad deja de ser una palabra técnica y se convierte en algo muy concreto: poder reconstruir la historia de la madera desde el bosque hasta el mercado.

Un compromiso que distingue a Honduras

La tala ilegal no es únicamente un problema hondureño. Durante décadas ha formado parte de una discusión internacional sobre comercio, corrupción, pérdida de biodiversidad y gobernanza de los bosques.

Como respuesta, la Unión Europea desarrolló en 2003 su Plan de Acción FLEGT (Aplicación de las Leyes, Gobernanza y Comercio Forestales) y promovió acuerdos con países productores de madera. Su lógica, explicada de manera sencilla, es razonable. Si un país quiere garantizar que su madera proviene de fuentes legales, necesita un sistema capaz de demostrarlo.

Honduras ocupa una posición particular dentro de esta historia. Fue el primer país de América Latina en firmar un Acuerdo Voluntario de Asociación (AVA FLEGT) con la Unión Europea. El acuerdo fue firmado en 2021 y entró oficialmente en vigor en septiembre de 2022. Eso representa una oportunidad, pero también una enorme responsabilidad.

El AVA FLEGT no consiste simplemente en colocar un sello sobre la madera exportada. Supone mejorar la gobernanza forestal, fortalecer la transparencia y desarrollar un sistema capaz de garantizar que los productos maderables cumplen la legislación hondureña. Para lograrlo, Honduras debe hacer funcionar su Sistema para Asegurar la Legalidad de la Madera (SALH), el cual, explicado sin tecnicismos, el SALH debería permitir reconstruir la ruta de la madera: saber dónde fue aprovechada, bajo qué autorización, cuánto volumen estaba permitido extraer, cómo fue transportada, dónde fue transformada y si cada una de esas etapas cumplió con las obligaciones legales correspondientes.

Esa es probablemente una de las mayores oportunidades que ofrece el AVA FLEGT, obligarnos como país a pasar de afirmar que nuestra madera es legal a poder demostrarlo.

Del documento al bosque

Podemos tener leyes, reglamentos, plataformas digitales, planes de manejo, guías de movilización y acuerdos internacionales. Y en realidad todos son necesarios, sin embargo, ninguno garantiza por sí mismo que aquello que aparece registrado en un sistema corresponda exactamente con lo que ocurrió en el bosque.

La prueba está en el territorio.

Si un plan autoriza determinado volumen de aprovechamiento, debemos poder contrastarlo. Si una guía establece un origen y un destino, la trazabilidad debería poder verificarse. Si una industria registra determinada cantidad de madera, esa información debería guardar coherencia con los volúmenes que recibió y procesó.

Y si una imagen satelital muestra pérdida de bosque en un área determinada, esa alerta no debería interpretarse automáticamente como ilegalidad, pero sí puede convertirse en una señal que merece ser investigada y contrastada.

Precisamente por eso existe la Observación Forestal Independiente.

Su función no es sustituir al Instituto de Conservación Forestal (ICF), al Ministerio Público ni a ninguna institución del Estado. Tampoco consiste en partir de la premisa de que toda actividad forestal es irregular. Su valor está en aportar una mirada externa e independiente capaz de comparar fuentes, verificar información, identificar inconsistencias y producir evidencia que permita mejorar el funcionamiento de los controles.

La experiencia internacional muestra que el monitoreo forestal ha evolucionado precisamente en esa dirección de combinar información oficial, observación independiente, participación ciudadana y nuevas tecnologías para complementar la fiscalización estatal.

Una nueva oportunidad para mirar la cadena completa

Durante los próximos meses, desde la ASJ, junto con la Coalición Ambiental de Honduras (COAH), Proética de Perú y con apoyo técnico del World Resources Institute (WRI), se desarrollará un proceso de Observación Forestal Independiente respaldado por la Agencia Francesa de Desarrollo (AFD) y la Delegación de la Unión Europea en Honduras.

El propósito no es declarar desde un escritorio dónde existe ilegalidad. Es justamente lo contrario, es generar evidencia antes de llegar a conclusiones.

Para hacerlo se combinarán diferentes piezas de información, entre ellos; documentos oficiales, planes de manejo, registros administrativos, visitas de campo, puestos de control, industrias forestales, información proveniente de las comunidades, alertas de deforestación y análisis geoespacial. Ninguna de estas fuentes, por sí sola, cuenta toda la historia. El valor estará en cruzarlas.

Si los documentos dicen una cosa, las imágenes satelitales otra y la verificación en territorio muestra una tercera, allí existe una señal que merece análisis. Si todas coinciden, también será importante documentarlo. La observación independiente no debería existir únicamente para señalar fallas; también puede ayudar a identificar qué controles funcionan, dónde existen vulnerabilidades y qué aspectos pueden fortalecerse para asegurar la trazabilidad de la madera en Honduras.

Honduras tiene hoy una oportunidad particular. Haber asumido un compromiso como el AVA FLEGT nos obliga a ir más allá de afirmar que contamos con leyes, procedimientos y sistemas para controlar la madera. El desafío es demostrar que esos mecanismos funcionan en la práctica y que permiten reconstruir de manera confiable la ruta que sigue la madera a través de los distintos eslabones de la cadena forestal.

El verdadero éxito del AVA FLEGT no será tener un acuerdo firmado, sino lograr que Honduras pueda demostrar, con evidencia independiente y verificable, que la madera que circula por su territorio tiene un origen legal. Para lograrlo, la legalidad no puede existir únicamente en los documentos, debe poder comprobarse desde el árbol que se corta, pasando por su aprovechamiento, transporte y transformación, hasta el producto final que llega al mercado.

Porque esa es, finalmente, la pregunta que Honduras debe estar en capacidad de responder cada vez que una pieza de madera cuenta con los documentos que acreditan su legalidad. Cuando la madera tiene papeles, ¿significa que es legal?