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Hace unos días llevé a mis hijos y a dos colegas a La Esperanza, Intibucá, para escuchar en persona el testimonio de doña Austra Berta Flores López. Tiene 93 años. Y aunque la memoria del país suele ser corta, la de ella sigue intacta. Cuenta su historia con la misma firmeza con la que, según relata, acompañó más de 5,000 partos en las comunidades rurales y lencas de Intibucá. Quise que mis hijos estuvieran ahí, y que mis colegas también, porque hay historias que solo se comprenden cuando se escuchan de la propia voz de quien las vivió.
Hubo una frase suya que se quedó resonando en la sala. Al recordar la época en que comenzó su vida pública, doña Austra Berta contó que entonces los hombres gritaban: «Las mujeres, a barrer y a moler; y los hombres, al poder», y que eran contadas las mujeres que ocupaban cargos públicos en Honduras. Esa frase, dicha con la calma de quien ya no necesita convencer a nadie, resume mejor que cualquier estadística el terreno que ella tuvo que abrir por sí sola.
Y lo abrió: fue alcaldesa de La Esperanza en tres ocasiones, la primera gobernadora política de Intibucá, diputada al Congreso Nacional y una férrea impulsora de la aplicación del Convenio 169 de la OIT en Honduras, instrumento internacional que reconoce los derechos de los pueblos indígenas sobre su territorio y su cultura. En un país donde ese convenio muchas veces queda en letra muerta, ella luchó para que tuviera consecuencias reales.
Su compromiso con los derechos de las mujeres, además, es anterior a la fama internacional de su hija. A finales de los años ochenta impulsó en Intibucá una filial del Comité de Mujeres por la Paz Visitación Padilla y abrió una oficina vinculada al Comité para la Defensa de los Derechos Humanos (CODEH). Es decir, la defensa de los derechos no llegó a esta familia con el asesinato de Berta en 2016; venía de antes, sembrada por una mujer que se negó a quedarse barriendo mientras otros decidían.

Hay incluso un hilo que conecta su gestión municipal con el nacimiento de uno de los movimientos sociales más influyentes de Honduras: el 27 de marzo de 1993, durante su gestión como alcaldesa, se realizó en la Alcaldía de La Esperanza la reunión en la que se formalizó la fundación del entonces COPIN, hoy COPINH, con el objetivo inicial de defender los bosques de Intibucá y la cultura lenca.
Después del asesinato de Berta Cáceres en 2016, doña Austra se convirtió en una de las voces públicas de la familia que exigían justicia. Esa demanda de memoria y justicia sigue viva hoy, casi una década después.
Cada espacio que hoy ocupa una mujer en la vida pública hondureña es, en el fondo, una herencia. No cayó del cielo ni llegó con el simple paso del tiempo: lo conquistaron mujeres valientes y solidarias como doña Austra Berta Flores, que abrieron camino cuando hacerlo tenía un costo real. Por eso incomoda tanto ver hoy a mujeres en el Congreso y en otros cargos públicos de alto nivel convertir ese espacio en una pasarela, en lugar de una tribuna; ver que el algoritmo pesa más que el argumento y que son pocas las que utilizan el espacio ganado para legislar y gobernar en beneficio real del país. La paridad sin propósito es una silla vacía con nombre de mujer y le debe una explicación a quienes pelearon para que esa silla existiera. Doña Austra Berta no es solo un testimonio del pasado: es el espejo en el que debería mirarse el movimiento feminista hondureño de hoy y una vara con la cual medir si el poder conquistado se está honrando o simplemente se está usando.
Escuchar a doña Austra Berta Flores es escuchar una parte de la historia hondureña que rara vez se cuenta en los libros de texto: la de las mujeres que, desde los municipios y las comunidades, construyeron los cimientos de luchas que después el país conocería con otros nombres. Por eso llevé a mis hijos y a mis colegas a escucharla. Porque esta memoria hay que transmitirla en persona, mientras todavía se puede.


