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Todo comenzó en una noche cualquiera del año 2000, en el patio trasero de una casa en Michigan. Un grupo de amigos conversaba sobre el desafío de hacer justicia en Honduras y sobre la necesidad de hacerlo de manera diferente. Ninguno imaginaba que aquella reunión terminaría dando origen a una organización sólida e indispensable en la búsqueda de la justicia en Honduras.
No había un gran escenario, luces por todos lados, ni pantallas para presentaciones sofisticadas. A penas unas cuentas sillas, voluntarios y personas curiosas por conocer qué estaba pasando en un país centroamericano que a penas podían ubicar en el mapa.
Pero para entender cómo llegó a ocurrir aquella noche, es necesario regresar algunos años atrás, a un pequeño garaje en Tegucigalpa.
ASJ en Honduras
Si nos trasladamos a 1998, al garaje de una pequeña vivienda en Tegucigalpa, encontraremos el origen de la Asociación para una Sociedad más Justa (ASJ). Con apenas un empleado a tiempo parcial y el trabajo voluntario de sus fundadores, la organización nació inspirada por la convicción cristiana de hacer justicia y servir a quienes enfrentaban las mayores condiciones de vulnerabilidad. Más que atender necesidades inmediatas, ASJ asumió el desafío de enfrentar las causas profundas de la pobreza, la exclusión y la injusticia, convencida de que una transformación duradera solo sería posible si se abordaban las raíces de los problemas que afectaban a Honduras.
Entre quienes apostaron desde el inicio por aquella visión se encontraba Carlos Hernández, uno de los fundadores que con el paso de los años se convertiría en una de las figuras más representativas de la sociedad civil hondureña. Su liderazgo ayudó a consolidar una organización que comenzaba con recursos limitados, pero con la convicción clara de trabajar junto a las comunidades para enfrentar las causas profundas de la injusticia.
A medida que ASJ crecía, se ayudó a impulsar una forma de trabajo basada en la cercanía con las personas, la defensa de la transparencia y la búsqueda de cambios estructurales capaces de transformar la realidad del país. Bajo ese liderazgo, la organización amplió su alcance y fortaleció su capacidad para incidir en temas que afectan directamente la vida de los hondureños.
ASJ comienza a preguntarse ¿qué problemas afectan más a los hondureños?, y en la búsqueda de respuestas a esta interrogante, encontraba la falta de sistemas legales para proteger a las personas.
Una de las primeras causas que acompañó ASJ fue la de comunidades indígenas que buscaban obtener títulos de propiedad sobre sus tierras. La organización brindó apoyo legal para llevar varios casos ante los tribunales y contribuir a que estas comunidades protegieran sus territorios frente a procesos de despojo e incautaciones injustas. Este esfuerzo permitió la titulación de tierras para numerosas familias y sentó las bases para transformaciones más amplias, impulsando una profunda reestructuración del Instituto de la Propiedad y la aprobación de una nueva Ley de Propiedad.
Aquellas primeras victorias confirmaron que era posible generar cambios reales cuando las personas contaban con acompañamiento y acceso a la justicia.
Link ecos: https://asjhonduras.com/ecos/

Mientras los programas crecían y el impacto comenzaba a hacerse visible, surgió duda de saber ¿cómo sostener y ampliar esa misión en el tiempo?
La respuesta llegaría desde miles de kilómetros de distancia.
A medida que ASJ consolidaba su trabajo en Honduras, una realidad se volvió evidente y era que transformar sistemas injustos requería algo más que buenas intenciones. Se necesitaban recursos, relaciones de confianza y personas dispuestas a creer en que el cambio era posible.
A diferencia de muchas organizaciones internacionales que nacen en el extranjero y luego establecen presencia en países en desarrollo, la historia de ASJ surgió, al contrario. La organización nació primero en Honduras y, dos años después, surgió la necesidad de construir una estructura que permitiera acompañar y fortalecer ese trabajo desde el exterior.
Así nace ASJ US

Las primeras personas que se enamoraron de Honduras
Mucho antes de que existieran grandes eventos o campañas de recaudación, hubo jóvenes que conocieron Honduras de una forma distinta.
Muchos de ellos eran estudiantes de Calvin College, una universidad cristiana de Michigan con un programa académico de un semestre de estudio en el extranjero, enfocado en el tema de justicia coordinados por Kurt Ver Beek y Jo Ann Van Engen, fundadores de ASJ y profesores de la universidad. Los estudiantes viajaban a Honduras para conocer de cerca la realidad social del país y convivir con las comunidades. Cuando regresaban a sus hogares en Estados Unidos, algo había cambiado.
Ya no podían hablar de Honduras como un país lejano. Ahora tenían nombres, rostros y recuerdos. Comenzaron a contar sus experiencias a sus padres, hermanos, amigos y comunidades de fe. Sin proponérselo, se convirtieron en los primeros embajadores de una causa que trascendería fronteras.
Fue entonces cuando surgió la idea de crear una organización hermana en Estados Unidos para apoyar el trabajo que ya se realizaba en Honduras.
Como surgió
En el año 2000, ASJ-EE.UU. nació de una manera poco convencional. Nadie llegó aquella noche en el patio trasero de una casa en Michigan para escuchar una solicitud de donación ni una presentación institucional. Lo que se compartió fue una historia.
Era la historia de comunidades que luchaban por salir adelante, de personas que se negaban a aceptar la injusticia como algo normal y que estaban decididas a convertirse en parte de la solución.
Entre conversaciones, testimonios y el trabajo de voluntarios comprometidos, comenzó a construirse algo mucho más grande que un evento de recaudación. Sin saberlo, quienes estaban allí daban los primeros pasos de algo que, con el tiempo, extendería su impacto más allá de las fronteras de una sola comunidad.
AJS
En sus inicios, la organización era conocida como AJS, por sus siglas en inglés Association for a More Just Society. Más que una institución, era un grupo de personas convencidas de que la justicia podía construirse desde la participación ciudadana, el servicio y el compromiso con quienes más lo necesitaban.
Aquellas primeras reuniones en Estados Unidos también sirvieron para sumar aliados y, además, estos podían involucrarse mediante aportes económicos periódicos, recibir información sobre los proyectos que se desarrollaban en Honduras o acompañar el trabajo a través de sus oraciones y respaldo constante.

Cuando los eventos comenzaron a crecer
Los primeros eventos se realizaban en salones sencillos, una mesa, una cena compartida. Quienes asistían compraban su boleto, se sentaban a comer y, entre plato y plato, escuchaban historias reales de personas cuyas vidas habían cambiado gracias al trabajo en Honduras. No había producción ni luces. Había, sobre todo, voluntad de escuchar.
Con el paso de los años, esa dinámica fue transformándose. Los encuentros dejaron de ser solo espacios para recaudar fondos y se convirtieron oportunidades para que más personas conocieran de cerca los desafíos que enfrentan las comunidades hondureñas. También se convirtió en una oportunidad para hablar de todo lo bueno que ofrecía Honduras; de las personas luchadoras y lo que estaban realizando para cambiar el país.
Al pasar de los años, esa idea encontró formas cada vez más creativas de tomar vida. En algunos eventos, un colectivo de músicos de Chicago dedicado a difundir la música de Charlie Baran —quien fue parte de la legendaria Banda Blanca— llenó el ambiente de ritmos que muchos hondureños reconocen al instante. En otro evento, una proveedora de comida, inmigrante hondureña con su propio restaurante en Michigan, enseñó a los invitados, paso a paso, a hacer tortillas para baleada, esa receta que para muchos sabe a casa. Y en los eventos más recientes, en marzo de 2026, algunos jóvenes hondureños subieron al escenario para bailar danzas folclóricas, mostrando con cada movimiento la riqueza de una cultura que vale la pena conocer.
Cada edición atrae nuevos aliados y fortalece una visión que sigue creciendo.


Puertas abiertas en Washington
Era el año 2017 cuando una delegación de ASJ puso un pie por primera vez Washington D.C. con la meta de que quienes dirigen la política exterior escucharan de primera mano la realidad de muchos hondureños.
Fue un momento que lo cambió todo. ASJ había pasado años ganándose la confianza de las personas en Honduras, y ahora esa misma confianza la llevaba a una de las ciudades con más poder de decisión en el mundo.
Desde ese primer viaje, las visitas a la capital estadounidense se volvieron parte del trabajo de incidencia que ASJ-EE.UU. realiza cada año. Con el tiempo, las conversaciones fueron creciendo y abarcando temas como la migración, la violencia, la corrupción en las instituciones y el uso de la ayuda que Estados Unidos envía a Honduras. Asuntos que ASJ no aprendió en un libro, sino acompañando a las mismas personas que viven esta realidad día a día.
Hoy, ese trabajo continúa con la misma esencia, pero enfocado en lo que está ocurriendo ahora mismo. ASJ-EE.UU. sigue haciendo incidencia en temas de política exterior, manteniendo abiertas esas puertas que se abrieron por primera vez en 2017 y asegurándose de que la voz de Honduras siga llegando a donde se toman las decisiones.
Porque cambiar un país no siempre se parece a lo que imaginamos. A veces ocurre en una colonia de Tegucigalpa. Y a veces, en una sala de reuniones en Washington.

ASJ expande su brazo de la justicia
Canadá
Si ASJ-EE.UU. marcó un hito en la historia de ASJ, Canadá no tardó en escribir el suyo.
Era 2010 cuando todo eso tomó forma. Lo que había comenzado como conversaciones dispersas entre personas que compartían una misma pasión se convirtió ese año en algo oficial. Nació ASJ-Canadá, una comunidad de cristianos comprometidos que encontraron en el trabajo de Honduras un espejo de lo que ellos también querían ver en el mundo. No llegaron a imponer ideas ni a resolver problemas ajenos. Llegaron porque algo en esa historia los había inspirado, y porque entendieron que la justicia no tiene fronteras.
Desde entonces, las tres organizaciones han caminado juntas, cada una desde su propio país, pero apuntando hacia el mismo punto.
Un pacto por la justicia
En julio de 2023, durante la celebración del 25 aniversario de ASJ-Honduras, decidieron escribir juntos un Pacto de Cooperación, un documento que no habla de cláusulas legales sino de compromisos reales.
Quienes lo redactaron lo describen con una imagen que dice más que cualquier artículo jurídico: si el acuerdo legal entre las tres organizaciones es el contrato matrimonial, el pacto son los votos. Las palabras que se dicen de corazón.
Y el corazón de ese pacto es claro. Las tres son organizaciones distintas, de países distintos, con culturas y formas de trabajar distintas. Pero esas diferencias, lejos de separarlas, son exactamente lo que las hace más fuertes juntas. ASJ-Honduras lidera desde el conocimiento profundo de su tierra, su gente y su historia. ASJ-EE.UU. y ASJ-Canadá amplifican ese liderazgo, involucran a sus comunidades y acompañan desde afuera con algo que también importa.
Porque ser valiente frente a la injusticia nunca es fácil. Pero hacerlo acompañado, hace más ligera la carga.

Tres países con un mismo objetivo
El pacto parte de una realidad que las tres organizaciones han aprendido a valorar con el tiempo. Son diferentes entre sí. Provienen de países distintos, cuentan con comunidades de apoyo distintas y han desarrollado experiencias, capacidades y formas de trabajo propias. Sin embargo, lejos de representar una barrera, esa diversidad se ha convertido en una de sus mayores fortalezas. Cada organización aporta aquello que las demás no pueden ofrecer desde su propia realidad, y es precisamente esa complementariedad la que ha permitido construir una alianza sólida.
Dentro de esa relación, ASJ-Honduras desempeña un papel que ninguna otra organización podría asumir. Su liderazgo nace del conocimiento profundo del país, de décadas construyendo confianza en las comunidades y de una comprensión de la cultura, los desafíos y las dinámicas locales que solo se adquiere viviendo y trabajando en el territorio. Sobre esa base se sostiene gran parte del trabajo compartido.
Desde Estados Unidos y Canadá, el apoyo toma otras formas. Estas contribuyen amplificando el alcance de esta labor, acercando a sus comunidades a la causa y generando nuevas oportunidades para fortalecerla. También aportan el acompañamiento y la certeza de que, aun a miles de kilómetros de distancia, hay personas comprometidas con la misma visión y dispuestas a caminar juntas.
Porque cuando se trabaja por la justicia en contextos complejos, el respaldo no es un detalle menor. A menudo es la fuerza que permite perseverar, mantener la esperanza y seguir avanzando incluso cuando el camino se vuelve difícil.


