Artículo de World Magazine: Honduras sangrienta

Traducción libre del artículo Bloody Honduras de World Magazine

Mientras maras asesinas dominan las calles, desesperación causa que muchas personas se dirijan hacia el norte, a los Estados Unidos.

Poco después de que se unió a la comisión encargada de la depuración de la Policía hondureña, una fuerza notoriamente corrupta, Carlos Hernández desdobló una nota que encontró en los escalones frontales de su casa en una colonia de alto riesgo en Tegucigalpa, Honduras.

El mensaje era simple: “Lo encontramos, sabemos que vive aquí y usted va a pagar”.

Hernández rápidamente escondió de su hijo adolescente y curioso la alarmante nota, pero su mente tambaleaba. “El riesgo ya no era solamente una posibilidad”, escribió después. “Era una realidad. Me habían encontrado”. Hernández se preguntó a sí mismo: “Qué estoy haciendo?”

Lo que Hernández y otros de los miembros de la Comisión estaban haciendo parecía imposible: depurar una fuerza nacional de policías conocida por la corrupción en los rangos más altos.

En 2016, el Presidente hondureño formó la comisión después de que informes implicaron a dos oficiales y dos docenas de policías en el asesinato del principal fiscal antidrogas del país en 2009. Otras investigaciones conectaron a oficiales de altos rangos con la mara MS-13.

La nota de advertencia sacudió a Hernández, pero su familia y sus colegas en la organización cristiana Asociación para una Sociedad más Justa (ASJ) lo convencieron a él y a otros colegas en la comisión a persistir.

El riesgo valió la pena.

En el siguiente año, la comisión retiró a seis de los nueve generales y a 5,000 de 13,000 policías en la fuerza, incluyendo a cientos de oficiales. Un nuevo grupo de policías está en las calles con un entrenamiento nuevo, diseñado a combatir la corrupción.

Pero la recompensa tuvo un costo. Uno de los miembros de la comisión sobrevivió un intento de asesinato; su guardaespaldas no. Otros miembros se mudaron a casas más seguras y cambiaron a sus hijos a diferentes escuelas.

Omar Rivera, otro defensor de ASJ que forma parte de la Comisión, dijo que este tipo de trabajo es importante, a pesar del peligro: “Siempre hemos estado convencidos que al ser un cristiano valiente uno tiene que hacer más que criticar”.

Hoy en día, críticas abundan sobre la violencia y pobreza en partes de Centroamérica y sobre lo que funcionarios en los Estados Unidos deberían hacer en respuesta al incremento de migrantes centroamericanos tratando de cruzar la frontera de los Estados Unidos, incluyendo familias con niños y miles de menores de edad que han llegado solos.

Mientras que ese debate continúe, merece la pena considerar cómo confrontar los problemas preocupantes que llevan a que miles de migrantes de Centroamérica abandonen sus hogares e intenten emprender el viaje peligroso hacia el norte.

¿Qué se puede hacer en el punto de origen?

Cristianos Valientes están entre los que están respondiendo esa pregunta al trabajar duro para tratar algunos de los problemas fundamentales que alimentan el sufrimiento en Centroamérica. Kurt Ver Beek, uno de los fundadores de ASJ, dice que no importa lo que Estados Unidos hace con su política de inmigración, “si las cosas permanezcan terribles (en Centroamérica), las personas van a seguir llegando”.

Para muchos niños en las calles de Tegucigalpa, las cosas siguen siendo terribles.

Michel Miller ha vivido en la ciudad capital por casi 20 años después de haber visitado Honduras por la primera vez como un estudiante de Wheaton College en 1993. En 2000, fundó el Proyecto Miqueas, un hogar cristiano para varones que viven en las calles.

Miller describe la dinámica de su oficina en Tegucigalpa donde acaba de regresar del séptimo funeral, en tres años, de niños conocidos por el ministerio. El trabajo del grupo incluye alcance regular a niños que todavía viven en la calle.

Él dice que muchos niños salen de sus casas por violencia doméstica o violencia relacionada con las maras. Al igual que en otras ciudades en Honduras, las maras forman una presencia dominante en la capital, donde sus miembros dividen la ciudad en diferentes zonas para controlar el tráfico de drogas y zonas de extorsión. Señales de un clima peligroso son ubicuas – hasta con guardias armados parados afuera de McDonald’s y Wendy’s.

Para los que viven en vecindarios más pobres, el peligro es difícil de evitar: muchas veces las maras demandan “la renta”, una tasa de extorsión también conocida como un “impuesto de guerra”, a los hondureños que tienen un negocio, aún si es un mercado pequeño. La falta de pago puede invitar a la muerte. “Ahí es cuando vez el bus incendiado y el conductor acribillado”, dice Miller. “Estas son historias de cada día”.

Niños huyendo de la violencia en sus hogares o vecindarios a menudo viven en grupos de cuatro a 12 alrededor de la ciudad. Ellos piden dinero en las calles o hacen trabajos para vendedores locales y muchas veces se vuelven adictos a pegamento amarillo de zapatos, olfateando la sustancia tóxica de botellas vacías de Coca-Cola.

Miller dice que los niños que conoce (algunos de solo 11 años) generalmente no son reclutados por las maras, pero aun así no siempre escapan a los acosos de estos.

Un estudio conducido en el 2015 por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID por sus siglas en inglés) reportó sobre las dos maras dominantes en Honduras: Barrio 18 y MS-13. El reporte delineó las estructuras muy bien organizadas de las maras que manejan el narcotráfico y operaciones de extorsión y siguió las operaciones hasta el nivel más bajo: niños entre los 6 y 14.

En Barrio 18, los niños—conocidos como banderas—muchas veces son reclutados a la fuerza para servir como vigías o mensajeros y para cargar armas o recolectar pagos de extorsión. No todas las banderas son reclutadas para ser miembros de las maras, pero aún es una vida peligrosa para los jóvenes.

En general, la migración de El Salvador, Guatemala y Honduras a los Estados Unidos subió un 25% de 2007 a 2015, mientras que el número de inmigrantes mexicanos bajó un 6%.

Muchos migrantes Centroamericanos aun citan preocupaciones económicas como sus razones principales por tratar de cruzar a los Estados Unidos; pero, al menos para algunos, dificultades económicas y la violencia están conectadas. Por ejemplo, si un comerciante no puede pagar un impuesto de guerra a una mara, a veces huye con su familia.

Algunos hondureños huyen a otras partes del país, pero muchas veces se encuentran con violencia de las maras ahí también. Otros aplican para asilo cuando llegan a los Estados Unidos, pero es una apuesta arriesgada: jueces de inmigración denegaron el 80% de las 11,020 solicitudes para asilo de hondureños presentadas entre 2012 y 2017. Miller dice que él aconseja a personas no ir a los Estados Unidos de manera ilegal, pero también tiene compasión para su desesperación: “Es una línea que muchos misioneros caminan”.

En la Casa Miqueas, consejeros cristianos y miembros del personal intentan aliviar la desesperación de los niños y se enfocan en la recuperación y reconstrucción de sus vidas: les ayudan desintoxicarse de adicciones y comienzan un proceso de educación en el hogar con ellos.

Algunos se han graduado de la universidad o colegios vocacionales, algunos han entrado al ministerio y otros han trabajado en empleos de bajos salarios. Miller dice que con cualquier trabajo que encuentren, el objetivo es ayudar a los muchachos a encontrar una manera de vivir una vida estable en Honduras. Es una manera de mantenerlos en casa.

Otros hondureños no se van a quedar, a pesar de las controversias corrientes en la frontera de los Estados Unidos. Ellos saben del conflicto, dice Miller: “Pero yo no creo que es una disuasión para muchas personas. Ellos creen que es más arriesgado quedarse”.

En la misma ciudad, empleados en la Asociación para una Sociedad más Justa (ASJ) intentan disminuir los riesgos.

Kurt Ver Beek, profesor de Calvin College residente en Honduras, ayudó a fundar ASJ hace casi 20 años. El grupo cristiano investiga asuntos relacionados a la pobreza, violencia y corrupción y trabaja en abordar problemas subyacentes.

Ver Beek vive en una comunidad pobre en la ciudad capital y dice que es común oír a los vecinos discutiendo sobre las amenazas de las maras. Cada conductor de bus y taxi en el vecindario paga una tarifa a los mareros. (La investigación de la USAID citó a un líder de una cooperativa de buses en la capital que dijo que él paga a cuatro maras diferentes. Las tarifas de cada mara pueden extender de 300 a 700 dólares –alrededor de 7,000 y 18,000 lempiras- por semana).

Las maras muchas veces han dejado en paz a las iglesias, pero algunas congregaciones se han enfrentado con problemas. Ver Beek conoce a un pastor cuya congregación construyó una segunda etapa para albergar reuniones de grupos de jóvenes y otros eventos. Miembros de una mara pensaron que el balcón era un mirador perfecto. Subieron y eventualmente se hicieron cargo de la segunda etapa para guardar armas y drogas.

Muchos hondureños tienen miedo de llamar a la Policía por temor a represalias de maras u oficiales corruptos. Líderes de la ASJ apoyaron la Comisión que reformó la fuerza nacional de Policía en 2016, pero también enfrentaron otro problema grande: un estimado de 95% de homicidios en Honduras se quedan sin resolver.

Es un gran porcentaje en un país que ha tenido una de las tasas de homicidios más altas en el mundo en años recientes. Aunque el índice de homicidios bajó 25% en 2017, todavía es alto, y los casos sin resolver crean angustia entre ciudadanos e impunidad para los criminales.

Ver Beek está animado por el declive de la tasa de homicidios y el progreso de las reformas a la Policía Nacional. “Hay razón para tener esperanza,” dice. “Las cosas están cambiando—pero no siempre se siente así en una familia cuando una mara está tratando de reclutar a su hijo”.

Aun así, Ver Beek dice que el seguir abordando los problemas que causan que las personas huyan sus hogares es un factor crítico para convencerlos a que se queden en Centroamérica—y para mejorar las vidas de las personas que están sufriendo.

Un reporte de 2014 del Instituto de la Empresa Americana notó que el Gobierno estadounidense se había apropiado de más de 800 millones de dólares hacia esfuerzos de seguridad en Centroamérica.

Aun así, el grupo conservador dice que todavía es crucial enfocarse en el origen: “Sin un esfuerzo considerable en las primeras líneas en Centroamérica, más rejas y patrullas fronterizas van a fracasar en cumplir con el objetivo principal de asegurar la frontera sur de los Estados Unidos”.

En Tegucigalpa, Michael Miller del Proyecto Miqueas espera que cristianos en los Estados Unidos recuerden el valor de trabajo a largo plazo para la renovación espiritual y el ministerio centrado en Cristo basado en Centroamérica. “Creo que la iglesia norteamericana tiene potencial desaprovechado para ayudar a hondureños y centroamericanos a buscar de otro tipo de vida”, dice. “Todo comienza con una vida espiritual”.

Considerando su propio futuro, Miller piensa en quedarse. “Yo amo a Honduras”, dice. “Es mi hogar”.

VER ARTÍCULO ORIGINAL – EN INGLÉS – AQUÍ
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