BLOG: La ética policial y la depuración sostenible

En términos prácticos, la ética es la reflexión filosófica sobre la moral. Es decir, es una valoración que se hace de lo que es “bueno” o “malo” en un individuo o en una sociedad.

Por lo general, cuando hablamos de ética nos referimos a comportamientos individuales socialmente aceptados y enaltecidos como los moralmente correctos –he ahí el término “buena conducta ética”.

Otra generalidad es que muchas veces no se toma en cuenta la ética como elemento clave en el combate a la corrupción y esto se debe a que muchas veces esta virtud está carente en nuestros tomadores de decisiones.

Allá por el tumultuoso 2012 fui invitado a dar clases de posgrado en la Universidad de la Policía Nacional de Honduras y justamente unas de las clases que impartí era la de “Ética y Gestión Pública”.

El reto no fue nada fácil, pues mi enfoque era justamente analizar el lado oscuro de la naturaleza humana a través de estudios de caso y experiencias de los mismos policías. Al final se logró una discusión abierta y muchas veces franca.

En el proceso aprendí mucho de la policía, tanto como cuerpo jerarquizado, como las relaciones “interpoliciales” que hay. Algo que me llevé fueron los “dilemas” éticos que tienen los policías en el ejercicio de sus funciones.

Dilemas que muchas veces surgen de las tensiones que hay entre algunos aspectos de la actual cultura policial y lo que la sociedad espera de un policía en términos de servicio y protección.

Para comprender mejor la cultura y la ética policial, es importante conocer cómo la Policía Nacional ha venido evolucionando como institución en los últimos 20 años.

La Policía Nacional, desde que se llama “civil” en 1998, ha venido viviendo tensiones entre el legado de su ADN militar y el poder político. En el proceso, se llegó a un acuerdo “tácito” que la administración central estaría a cargos de los civiles, pero las decisiones policiales estarían a cargo de sus cúpulas.

Éste esquema es el mismo aplicado a las Fuerzas Armadas, donde los civiles están a cargo de la Secretaría de Defensa y los militares de los batallones y demás destacamentos. Esto tiene una lógica para los militares, pero en los policías, no. La diferencia es que la policía, se relaciona e interactúa con el ciudadano diariamente.

Esa separación hizo que se fuera institucionalizando el carácter jerárquico y cerrado de la organización policial –una red de difícil penetración-, mientras que la participación política era “depurada” cada cuatro años –en algunos casos menos.

La inestabilidad política del país y el ausente control social, permitió que las cúpulas policiales fueran adquiriendo un ferio control de la estructura, pues era la única constante en todo esto. Pero éste control no solamente fue permitido por el marco legal, su estructura o el contexto, también se ejerció a través de los valores, símbolos, costumbres y tradiciones compartidas por el cuerpo policial; y si no funcionaba por las buenas, pues por la intimidación, amenazas, marginamiento y por último, la muerte.

Y es ahí donde se origina el problema, pues las cúpulas policiales al ver que el control externo era ausente, incompetente y muchas veces permisivo o cómplice, vieron la oportunidad de amasar más poder (dinero, estatus, información) a través de la corrupción, asesinatos, extorsión, soborno, narcotráfico, violaciones de derechos humanos, etc.

Al ser la Policía Nacional un cuerpo altamente jerarquizado, los comportamientos de las cabezas fueron reproducidos en los niveles intermedios e inferiores, hasta producir lo que neoinstitucionalistas como Guy Peters denominan “la lógica de lo adecuado”.  Es decir, estas conductas anormales para nosotros fueron vistas como conductas normales y necesarias para la existencia de la Policía; al grado que lo malo era bueno y lo bueno era malo. Se perdió la brújula moral y con esto, se configuró una institucionalidad totalmente contraria a las expectativas de la ciudadanía.

Si realmente queremos sostenibilidad en las reformas y parar de apagar fuegos, “depurar” implicará más que sacar las manzanas podridas, también ha implicar la construcción de una ética policial basada en el servicio público y la responsabilidad, pues será la única manera de generar confianza ciudadana.

Y con la confianza ciudadana, vendrán mejores resultados en el combate a la delincuencia y criminalidad, pues la población estará más abierta a denunciar y colaborar; asimismo, también estará más dispuesta a respetar la ley.

Una de las lecciones de la trama “Casamata” es que debajo de toda esa corrupción, impunidad y muerte, la Policía Nacional de Honduras tiene campeones de la ética policial, como Roney Iván Alvarado, Roberto Castro Duarte y German Fernando Reyes que pagaron con su vida al hacer lo correcto.

Habrá que fomentar, incentivar y proteger los buenos hombres y mujeres policías. Como me dijo un estudiante de la Universidad Nacional de la Policía de Honduras: “Nadie nace policía, los policías se forman, especialmente los “buenos policías”.

En ese sentido, para construir una ética policial basada en el servicio público y la responsabilidad, les comparto los tres métodos que en su momento le expliqué a los policías, fiscales y funcionarios de la clase de “Ética y Gestión Pública”.

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Lester Ramírez
Lester Ramírez
Coordinador de investigaciones de la ASJ. Abogado de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, con estudios de maestría en Derecho de Negocios Internacionales de la Universidad de Leiden en Holanda y doctorado en Administración Pública y Gobierno del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset adscrito a la Universidad Complutense de Madrid en España. Con más de 15 años de experiencia profesional en materia de gobernabilidad democrática y gestión pública. Ha publicado diversos estudios en temas relacionados a políticas públicas sectoriales, administración pública y corrupción.

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