Tegucigalpa. Según el profesor bíblico estadounidense Howard Hendricks, “la enseñanza que deja huella no es la que se hace de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón”.

A pesar de la distancia, cultura, educación y otros aspectos que la hacen muy diferente al personaje, doña Maryory Bustillo, comparte el pensamiento.

De carácter decidido, a partir de su incorporación al programa Familias Fuertes Maryory aprendió que el amor y la paciencia son ejes fundamentales para la educación de sus hijos y que el hogar es la primera escuela.

Como ama de casa tiene a su cargo el cuidado de su hija Reyna Gisselle (15 años) y de sus dos varoncitos Axel Steven (12) y Jimmy Mauricio (11), mientras su esposo trabaja en la instalación de muebles para llevar el pan de cada día a casa.

La tarea es ardua, porque cultivar no solo los cuerpos sino las mentes de los niños nunca ha sido fácil, pero es una labor impulsada por el amor.

Guiando la mirada al techo, recuerda que antes de unirse a Familias Fuertes la dinámica en su hogar era muy diferente.

“Yo era una persona bien violenta, no escuchaba a mis hijos. Cuando mis hijos me querían decir algo, yo los callaba; cuando mis hijos querían platicar conmigo, mi reacción era ‘vaya busque qué hacer, vaya juegue afuera’, evoca.

Pero “ahora yo los dejo que hablen, que platiquen, me tranquilizo antes de castigarlos, porque antes si una escoba tenía, con eso les daba, no voy a mentir. Ahora no, ahora me he tranquilizado, me han ayudado bastante, no solo con mis hijos sino que conmigo”.

El equipo de Familias Fuertes trabajó hombro a hombro junto a los Flores Bustillo y otros 11 núcleos familiares. Tras dos años de enseñanzas sobre valores, disciplina, comprensión y la palabra de Dios, el grupo recibió en octubre pasado su certificado de graduación del proyecto.

Una nueva forma de comunicación

“A mis hijos me les enseñaron más que todo el comportamiento, porque eran bien hiperactivos los dos; pero mi hija era bien callada, no socializaba con nadie, no hablaba con nadie, era bien tímida. Me la desenvolvieron”, comenta Maryory mientras abraza a uno de sus vástagos.

Hace una pausa y a su mente vienen los momentos difíciles que atravesó con Reyna Gisselle.

“Este año tuve problemas con ella porque no quería estudiar. Ella y otros dos primos estaban en el colegio y como los primitos se salieron y no les pusieron pero…”, menciona.

Con tono de aflicción, rememora el trago amargo que como madre debió superar. “Se había metido en una manera que ella no quería estudiar. Yo había bajado las manos”.

Fue entonces cuando pidió la ayuda del equipo de Gedeón y obtuvo la respuesta que esperaba. Los psicólogos y trabajadores sociales intervinieron y dialogaron con la menor, logrando que retomara sus estudios con nuevas energías, enfocada en su segundo año de bachillerato en Ciencias y Letras y con el anhelo de ingresar a la universidad.

“Faltó a clases durante dos semanas. Yo fui prácticamente a llorarle al director porque me la aceptara, porque le permitiera hacer los exámenes. Pues será que mis lágrimas lo conmovieron, que de las siete que se había quedado, todas las pasó y con unas notas que yo le digo a ella: ‘Me tenés orgullosa, nunca digás no'”, apunta.

“Ella siempre me va a tener a mí”, agrega con la determinación que la caracteriza.

Superados los obstáculos, para Maryory ha vuelto a brillar el sol y con él la alegría de un hogar armonioso.

“Mis hijos me escriben notas. Mi hija me hizo llorar cuando dijo que se sentía bien orgullosa de mí, que no me cambiaba por nadie y que me amaba. Esas son cosas que yo no olvido”, dice con satisfacción.

“Ojalá esto siempre siga. Ustedes han sido un apoyo para nosotros. Cuidan a nuestros hijos como propios. Qué personas tan educadas, tan bellas. Me les enseñan de Dios. Mi hijo llega a la casa a decirme: ‘mami, me enseñaron esto, me enseñaron aquello. Hicimos esto’. Ojalá esto siga y yo voy a estar aquí, tal vez no económicamente, pero yo voy a estar aquí. De corazón, gracias”.

Antes de retirarse, Maryory agradece al equipo de Impacto Juvenil, abraza a su hijo menor con una mano y con la otra toma orgullosa el diploma que minutos antes les entregaron. Su rostro refleja satisfacción por la tarea cumplida y dicha por la certeza de que las lecciones aprendidas no se olvidarán nunca, porque dejaron huellas no en la cabeza, sino en el corazón.

Testimonio de Maryory:

Vea la fotogalería de la graduación de Familias Fuertes:

Testimonio familia Flores Bustillo

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